Hace  casi 15 meses que nació mi hija. Desde ese día mi vida cambió para siempre.

Todo el mundo te dice que cuando tienes un hijo la vida te cambia, pero está claro que tienes que vivirlo en primera persona para darte realmente cuenta de lo que ocurre.

Recordaré toda mi vida la sensación que tuve la noche que rompí aguas. En ese momento supe que en unas horas vería la carita de mi hija. MI HIJA, un ser que se había formado dentro de mi, un ser que había sentido como propias todas mis alegrías, mis miedos, todos mis sentimientos…

 

Cuando vi la carita de mi hija por primera vez, pensé que nada en el mundo podría compararse con aquella belleza. Nada más nacer, cuando el ginecólogo la cogió y mi marido me dijo “mira, ya está aquí” levanté la mirada y vi aquellos ojitos mirándome fijamente, supe que esa mirada era todo lo que necesitaría de ahora en adelante para ser feliz.

 

Fue un parto totalmente intervenido, hoy probablemente no hubiera aceptado muchas de las cosas que ocurrieron en aquel paritorio (entre ellas un goteo que me dijo la comadrona que era suero y omitió decirme que también me estaban administrando oxitocina), pero prefiero no pensar en ello porque me provoca dolor. Sólo os diré que a mi hija la trajeron a este mundo tirando de su cabecita con una ventosa que le pusieron en el segundo pujo que yo hice, es decir, no nos dejaron hacerlo por nosotras mismas, no dieron  tiempo a que actuara la propia naturaleza. Mi hija nació 12 minutos después de entrar el ginecólogo en el paritorio.

 

En cuanto mi hija nació, el ginecólogo cortó el cordón y se la dio a la comadrona, yo en ese momento tuve unas sensaciones contradictorias. Por  un lado estaba feliz, lloraba con mi marido de felicidad, pero por otro lado me sentía vacía, me habían “quitado” a mi hija, para limpiarla, aspirarla… Yo no quería eso, yo quería sentir a mi hija, me daba igual que estuviera sin limpiar, quería sentir su calor y que ella sintiera el mío, quería percibir su olor y que ella pudiera reconocer el mío. Quería decirle lo mucho que la quería, las veces que había soñado con que llegara ese momento…

 

Después de un rato, que para mi fue eterno, me la trajeron y me la dejaron coger. No pude sentir su calor, porque me la dieron envuelta, no pude ofrecerle mi pecho porque me dijeron que tenían que meterla en la incubadora dos horas por protocolo de la clínica, para que cogiera temperatura.

Yo acepté todo lo que me decían, ahora me da rabia haber permitido que hicieran todo aquello sin yo objetar nada. Yo no quería que se llevaran a mi hija por protocolo, quería que estuviera conmigo, pero por mi ignorancia creí lo que me dijeron que en la incubadora recuperaría más pronto la temperatura. ¿Quién puede dar más calor a un bebé que su propia madre? ¿Qué mejor incubadora que el regazo de mamá?

Se que ya no vale la pena lamentarse por eso, pero se que exteriorizando mi sentimiento, es probable que deje de dolerme.

 

Sin duda tener a mi hija ha sido la experiencia más maravillosa que me ha ocurrido en la vida, aunque nos topemos con momentos difíciles, un abrazo, una sonrisa, una caricia, una mirada, cualquier gesto dulce de mi hija compensa con creces las posibles dificultades.

 

Pienso que tenemos que disfrutar al máximo de los momentos tan maravillosos que nos conceden nuestros hijos, y en los momentos durillos pensar que pasarán, que son etapas.

 

Desde que soy mamá, creo que quiero más, si cabe, a mi propia madre.